La anécdota que voy a contar a continuación me ocurrió en un baño público. Nunca sabes dónde te va a sorprender la vida. La razón por la que llegué a él no la voy a contar porque es personal e intransferible.
Entré en un servicio público de un parque. Uno de ésos que es mejor no entrar pero que a veces a una no le queda más remedio. Nada más pasar me encontré con un carrito de bebé. El típico homologado por la Unión Europea. Era un modelo bastante clásico con unas ruedas enormes y una bandeja portaobjetos. Era totalmente negra y parecía una silla de lujo pero lo más importante es que había un bebé dentro de ella. Me pareció que el baño estaba vacío y me quedé esperando allí, como una tonta, sin saber qué hacer. Como vi a los pocos minutos que no salía nadie de ninguna puerta fui comprobando una por una y confirmando que todos los baños estaban vacíos.
Definitivamente no había nadie excepto aquel bebé y yo. Me acerqué y estaba dormida, digo dormida porque era una niña de unos ochos meses, se le notaba en la cara y también en los pendientes horteras que le habían puesto a la pobre. Pensé que si fuera mi hija nunca le haría tal cosa porque puede que cuando se hiciera mayor y viera las fotos se podría vengar. Aunque nunca se sabe como acertar con los hijos. El fallo lo tienes asegurado hay que intentar escuchar y observar antes de decidir por los demás. Se acusa a los hijos de actuar como tiranos pero los padres, por mucha bondad que haya, a veces también lo son. Igual es algo inherente a nuestra naturaleza. Mientras tenía todos estos pensamientos y otros más, ahí seguía delante de la niña sin moverme, sin salir, sin que nadie más entrara en el baño. Esperaba que llegara su madre histérica perdida reconociendo que se había olvidado de su hija y prometiéndose así misma que dejaría beber y tomar pastillas, pero no fue así. Nadie entró y por lo menos pasó una hora.
De pronto la niña se despertó y me vio mirándola con cara de indecisa y confusa pero la sonreí, no pude evitarlo. Me acerqué a ella y le tendí las manos a lo que ella, como un acto reflejo, hizo lo mismo. No me atrevía a cogerla y como no sé cuánto tiempo estuve así se puso a llorar. Sufría oyéndola llorar y no me la pensé más, la cogí y ese instante sentí un calor y confort interior muy agradable. Me supongo que ella sintió lo mismo porque se calmó y se quedó dormida de nuevo. ¿Dónde estaba su madre?. No entendía nada, era imposible que la hubieran abandonado, no podía ser. Esas cosas pasan pero no a mí, no quiero que me pase algo así.
No sabía qué hacer, la tendría que llevar a la policía y poner una denuncia y si sus padres o familia no se hacían cargo de ella, pasaría a los servicios sociales. ¿Y por qué tendría que ir a los servicios sociales? ¡Yo la había encontrado!, ¡seguro que si pudiera hablar diría que prefería quedarse conmigo!. La miré y a decir verdad un poco se parecía a mí, en serio. Me di cuenta que no sólo me necesitaba ella a mí, yo también a ella. Se me pasó por la cabeza quedármela, no decir nada y adoptarla pero sabía que eso era imposible que no funcionaría y además estaría cometiendo un delito. El delito de querer dar cariño y ofrecerle una figura materna a alguien que puede que no la tuviera nunca. Que su futuro sería incierto. Y así es la vida de absurda pero todo el amor que sentí hacia esa personita fue auténtico y verdadero. Sabía que no podía ser y que esa sorpresa tan dulce como agria tendría que tener un fin y una despedida. Entonces decidí dejar de hacerme la inocentada a mí misma y sin querer saber el final preferí despertarme.
Me quedo con una moraleja sin entrar en detalle y que cada uno la interiorice como pueda. Lo que supone algo normal para muchos para otros, tener un familia y sobre todo sentir que la tienes, es todo un sueño…


